Cuando era niño, los domingos tenían un significado especial. Eran días de fútbol, de camaradería y de aventura. Mi padre, hincha y miembro del Club Unión Pisco, tenía la costumbre de llevar a todo el equipo a los partidos en su camión. No importaba si el destino era un pueblo cercano o uno más alejado dentro de la comuna de Paihuano, la rutina siempre era la misma: cargar a los jugadores, las pelotas, los botines y emprender el viaje con entusiasmo.
Yo, emocionado, me subía al camión con mi padre y mi tío Héctor, quienes compartían una pasión desbordante por el fútbol. Mientras ellos hablaban de tácticas, alineaciones y rivales, yo me dejaba llevar por la emoción del recorrido. Me encantaba ver los paisajes cambiantes, sentir el viento en la cara y escuchar las risas y bromas de los jugadores que iban en la parte trasera del camión, listos para una nueva jornada de fútbol.
Al llegar al pueblo donde tocaba jugar, mientras mi padre y el equipo se concentraban en la cancha, yo me escapaba a explorar los alrededores. Recorría cerros, riachuelos y callejones, descubriendo cada rincón como si fuera un pequeño aventurero. Mi tío Héctor a veces me acompañaba, y juntos nos entreteníamos en nuestras pequeñas expediciones antes de volver al partido.
El fútbol era más que un deporte; era un ritual. Los partidos se jugaban con intensidad, con garra y con orgullo. Todos defendían la camiseta de Unión Pisco con el alma. Pero lo mejor de todo era el «tercer tiempo». Después de cada encuentro, ganaran o perdieran, venía la convivencia: comida, risas y recuerdos compartidos entre amigos. Se hablaba del partido, de anécdotas pasadas y de lo que vendría en la próxima fecha.
Eran tiempos hermosos, de infancia libre y llena de aventuras, de domingos imborrables junto a mi padre, mi tío y los amigos del club. Hoy, al recordarlos, no puedo evitar sonreír con nostalgia. Qué tiempos aquellos, cuando todo lo que importaba era la emoción de un partido y la alegría de compartirlo con los que más queríamos. Hoy, al volver a ver un partido de Unión Pisco después de tantos años, los recuerdos volvieron con fuerza. Ver al profe Nelson Julio gritar y emocionarse en la final me hizo pensar en mi viejo, en cómo hubiera disfrutado estar ahí, alentando como siempre. Cuánto daría por verlo una vez más, entre amigos, entre risas, en esos domingos de cancha que marcaron mi niñez.
¡Qué tiempos aquellos!
Sergio Rivera






