Cuando era niño, el 18 de septiembre en Pisco Elqui tenía un encanto especial. En mi familia levantábamos la ramada en la calle Carrera, justo al frente de mi casa. Se cerraba todo el tramo, desde el portón de lata hasta la bajada del matadero, y por unos días esa calle de tierra se transformaba en pura alegría.
En un extremo se armaba el bar y, en el otro, la orquesta. Íbamos todos juntos al río a buscar cañas y regresábamos con camionadas que, poco a poco, se convertían en paredes y techos cubiertos de guirnaldas y banderas. Para mí, de niño, todo era un juego mágico: ver cómo la calle se llenaba de colores, música y entusiasmo.
La ramada se inauguraba el 17 de septiembre a las 19:00 horas, y desde ese momento eran tres días de celebración sin parar. El 19 a las 15:00 horas se hacía el esperado concurso de cueca, donde se elegía la mejor pareja del pueblo entre pañuelos, zapateos y aplausos.
Mi madre freía papas y las vendía en lo que hoy es el Multimercado Don Beto, mientras familias completas llenaban la ramada. La entrada era gratis y familiar, porque la fiesta era de todos y para todos. Durante tres días la música, las cuecas, los brindis y las risas no paraban hasta la madrugada.
Así era nuestra ramada, la Ramada de los Rivera: más que una construcción de caña, era el corazón de la comunidad, un espacio donde celebrábamos la vida, la amistad y nuestras tradiciones, con el polvo de la tierra bajo los pies y la alegría en el aire.







